Hitos del desarrollo: ANDAR. Una visión diferente del mundo

Cuando el niño adquiere la capacidad de trasladarse por sí solo, de ir él solo a otra habitación para buscas un juguete, para ver lo que hay o, simplemente, por el placer de andar, el mundo se convierte para él en algo muy diferente de lo que era hasta entonces. Al ponerse de pie cambia el plano de visión del niño, ya que ve desde más arriba, y además sus manos quedan libres. La inclinación natural a explorar, que hasta entonces hubo de quedar limitada a su propio cuerpo, al de la madre y a las cosas que se le deban, ahora es realizable en mucha mayor medida. Ahora el niño puede tocarlo todo, y tocar cosas situadas a mayor altura. Los armarios de la cocina, las estanterías, los pomos y picaportes, los interruptores, los cajones; todo se hace de pronto pasto de su curiosidad. El niño que acaba de comenzar a andar está todo el tiempo en movimiento, como si tuviera que practicar y perfeccionar esa habilidad nueva de andar. Con frecuencia el niño pasa a esta edad por una etapa de júbilo en que parece encantado consigo mismo e insensible a los golpes y a las caídas. Parece como si estuviera repleto de un sentimiento de omnipotencia, como si el mundo fuera suyo.

Una vez de pie, más identificado que antes con el mundo adulto y tomando ya decisiones sobre sus idas y venidas, el niño empieza a explorar psicológicamente el hecho de separarse más y más de su madre. Las crecientes expresiones de independencia van acompañadas de sentimiento de mayor seguridad en sí mismo, sentimientos que con frecuencia sus padres no perciben y que él quiere que le sean reconocidos. Esto exige reajustes emocionales, sobre todo por parte de la madre, que siente pena al ver que la relación exclusiva que tenía con su bebé va cambiando rápidamente. Las madres, para las que esa intimidad absoluta con su bebé era especialmente gratificante, pueden tener dificultad para aceptar esa nueva actitud afirmativa del niño que ya anda.

Lo curioso es que la progresiva separación de la madre le trae al niño nuevas ansiedades. El niño se sabe menos indefenso que antes pero, al mismo tiempo, al ser más consciente de todo se va dando cuenta de lo mucho que no puede hacer y de que el mundo no es suyo ni está bajo su control, como antes creía. Se siente herido en su autoestima al verse obligado a reconocer su pequeñez y su vulnerabilidad, y sufre al comprender que su madre, que sigue siendo el centro de su mundo, es un ser independiente que tiene sus intereses y deseos propios, distintos de los suyos. Siente miedo a perderse o a ser abandonado, y ese miedo produce conductas típicas en los niños que hace poco que han comenzado a andar. Es frecuente que se desprenda de las rodillas de la madre y eche una carrerita para, acto seguido, volver rápidamente a la madre como si quisiera sentir la seguridad de que está todavía allí, de que puede volver a ella en el momento que quiera. Es curioso ver que bastan cinco o diez minutos de “recarga” emocional junto a la madre para devolver al niño la fuerza para volver a salir disparado a reanudar sus exploraciones. Otra actitud es la del niño que se desprende y se marcha corriendo pero no vuelve, obligando a la madre a ir en su busca. Con frecuencia esto se convierte en un juego del que el niño repleto de energía disfruta mucho, y a veces también lo hace la madre, aunque tenga menos energía que el niño. Además de ser un juego, el niño intenta asegurarse, con esta conducta, de que la madre esté atenta a él y no permita que se pierda. También pretende someter a prueba la buena voluntad de la madre para permitir sus intentos de libertad. Muchos otros niños que empiezan a andar sólo quieren caminar agarrados a un dedo de la madre como si ésta fuera un mero apéndice del niño, una especie de andador mecánico.

 

OSCILACIONES ENTRE INDEPENDENCIA Y APEGO

Con frecuencia, con los brotes de independencia y las escapadas que hace el niño se intercalan ataques de apego a la madre en los que se muestra tímido e incapaz de hacer nada él solo. No quiere que la madre se aleje de su vista, como si de pronto le hubiera dado miedo tanta libertad y quisiera volver a ser el bebé de su mamá. Sigue a su madre a todas partes agarrado a su falda, llora para que lo coja y no la deja ni tan siquiera ir al retrete sin él. En algunos niños estos ataques de apego llegan a ser desconcertantes. Otros niños pasan por tales con menos insistencia. Hasta cierto punto es cuestión de temperamento. Para la madre la dificultad radica en ajustarse a esos cambios. Necesita dejar que el niño vaya a su ritmo y ver, casi siempre intuitivamente, cuándo ha de animar al niño que está pasando una fase excesiva de apego y cuándo frenarlo si se excede en su independencia. A veces, en este período el niño no sabe exactamente lo que quiere, si quiere que lo dejen en libertad o si quiere que se lo mantenga pegado a uno. La madre de Barney pasó por un corto período en el que el niño lloraba y gemía para lo que cogiera, y tan pronto como lo tenía sobre sus rodillas, lloraba otra vez para que lo dejara bajarse. Parecía querer ser capaz de apartarse de su madre y  al mismo tiempo no estar seguro de que debiera hacerlo.

A muchas madres les preocupa que su niño que tiene ya un año pierda ímpetu y quiera volver a ser un bebé, temen que no avance y no llegue a ser independiente. Hemos de tener presente que a esta edad la independencia no es más que relativa, y que las incursiones en el mundo adulto todavía no son seguras; en realidad el niño es aún muy pequeñito y tiene mucha necesidad física y emocional de su madre.

Extracto de “Comprendiendo a tu hijo de 1 año”. Deborah Steiner de la Clínica Tavistock.

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