Hitos del desarrollo: HABLAR

El Habla

Desde el día mismo del nacimiento hay comunicación entre la madre y su bebé. La madre se comunica por el tacto, la mirada y la voz. En el cuidado físico, en el modo de ocuparse de él, la madre está expresando sus sentimientos hacia el niño, y esto constituye una experiencia psicológica para él. Las madres tienden instintivamente a hablar con sus bebés, no solamente porque ése es el modo habitual de comunicarse entre los adultos, sino también porque su voz salva la distancia. En los ratos en los que no tiene al bebé en sus brazos, su voz es para él como si siguiera teniéndolo cogido. Con frecuencia, la madre habla como si pusiera en palabras lo que el bebé está sintiendo en ese momento, o da nombre a lo que el bebé está mirando. Algunas madres utilizan la voz en este sentido más que otras pero en cualquier caso es vital hablar con el bebé durante la rutina diaria de ocuparse de él, para que se acostumbre a los sonidos y más tarde a las palabras.

En esta edad temprana el bebé se comunica con la madre mediante los mismos sentidos, pero de otra manera. Tal vez el bebé la mire mientras lo alimenta. Cuando ella le habla él mueve los brazos como queriendo acercarse a ella. El bebé vuelve la cabeza hacia el pecho de la madre al sentir su calor y si olor, y al mamas con ganas y tocar el pecho o la ropa de la madre le comunica a ésta el placer que siente por estar tan cerca de ella. Por lo demás, está claro que el modo más importante y más rápido que le bebé tiene de llegar a la madre es con su llanto y sus gritos, cuando está molesto o le duele algo, y las madres aprenden pronto, por instinto o por experiencia, a distinguir el llanto del bebé.

La importancia de hablarle al niño.

Hacia el final del primer año, cuando el bebé se va separando ya algo más de la madre, empieza a emitir sonidos más complejos, más parecidos a palabras, como copiando las palabras que le dice la madre. Expresa el deseo natural de establecer contacto con ella, basado en la experiencia del contacto que supone oír a la madre. Al principio el bebé goza emitiendo sonidos que la madre repite, lo que lo ayuda a ir definiéndolos cada vez más claramente. Los primeros sonidos suelen ser mamá o papá o aba, y más tarde aparecerá la importante palabra: “no”. Mamá, papá y aba, que son las palabras más significativas para el bebé, parecen derivar de los sonidos que el bebé emite de forma natural. Después, las palabras que el niño que empieza a andar va aprendiendo varían según sus experiencias y los intereses de la familia. La edad a la que el niño dice su primera palabra y la velocidad a la que continúa aprendiendo a hablar varía enormemente de un caso a otro. Un niño puede hacer acopio de un vasto vocabulario a edad muy temprana mientras que otro puede tener mucho interés por lo que ocurre a su alrededor y sin embargo seguir con un habla muy simple. Si el niño se muestra despierto en general y se interesa por su entorno, no hay que preocuparse por el hecho de que la adquisición del lenguaje se retrase.

El niño de un año aprende gradualmente a pedir lo que quiere con palabras más que con gestos, aunque al principio gestos y palabras vayan juntos y las palabras representen sólo una parte de la comunicación. Con frecuencia la situación se comprende por sí misma sin palabras, o basta con el tono de la voz de la madre sin que el niño necesite diferenciar las palabras. Así es como la madre va enseñando al niño a hablar, y a partir  de esas situaciones que no ofrecen ninguna duda el niño va cogiendo las palabras nuevas que hacen al caso. Al hablar con su niño la madre debe repetir frecuentemente una palabra o una frase pronunciada claramente; pero también debe hablarle con frases seguidas, para que el niño comprenda que hay conexión entre las palabras. Eso también es algo que la mayoría de las madres hacen desde muy pronto, aún a sabiendas de que el niño no comprende todavía las palabras en sí. Mientras le prepara la comida le va diciendo al niño lo que está haciendo, o mientras lo viste le va diciendo a dónde van a ir, y lo que harán cuando vuelvan a casa. Así, oír de esa manera las palabras de la madre acostumbra al niño a sonidos y palabras en un contexto agradable en el que se siente incluido. Además, su experiencia se enriquece al oír los diferentes tonos y cadencias de esa voz de la madre, experiencia que utilizará más tarde cuando haga él mismo sus frases, como quedará demostrado cuando un día oigamos al niño hablar con una voz que es claramente la nuestra.

Las canciones de cuna junto a juegos de movimiento del tipo de “cinco lobitos tiene la loba…” o “Aserrín, aserrán las campas de San Juan…” son muy útiles a la vez que divertidas. El bebé se familiariza con las palabras mediante la constante repetición en el contexto placentero que proporciona el contacto físico con la madre o el padre.

El desarrollo del lenguaje implica también el de la capacidad de razonar, de establecer relaciones, de prever la acción siguiente. A sus 18 meses a Michael le encantaba que lo llevaran a casa de su abuela, desde donde podía ver pasar los trenes muy de cera. Antes de que apareciera un tren ya estaba diciendo, en tono entre pregunta y aserción, “va a venir trenes”. Había aprendido a acordarse de las visitas anteriores y a asociar la visión de los raíles con la llegada de los trenes. Su voz adquiría tonalidades muy ricas, indicativas de impaciencia y gozo anticipado. Parecía que decir las palabras en esos tonos lo ayudaba a soportar la espera, algo que nunca es fácil para un niño pequeño.

 

 

La importancia de escuchar al niño.

Así llegamos a uno de los factores más importantes en el aprendizaje del habla. El niño no es capaz de coger al vuelo sin más el lenguaje de los adultos que se produce a su alrededor.

Necesita que la madre y otros miembros de la familia le hablen a él y que escuchen sus respuestas. Los niños que se crían en instituciones y carecen de una madre o de un sustituto materno que consagre tiempo y atención primero a sus balbuceos y luego a sus palabras no llegan a adquirir más que un vocabulario muy limitado. También los niños pequeños de familias numerosas pueden ser lentos en empezare a hablar, debido a que, si bien puede haber mucha habla a su alrededor, quizá no haya nadie que se tome el tiempo de hablarle a él y de escuchar con calma lo que él trata de decir. Los esfuerzos del niño por hacerse entender se pierden en la barahúnda general. En las familias en las que han precedido ya muchos otros hermanos y hermanas pueden ocurrir también que se prevean con demasiada rapidez las necesidades del niño y que no se lo deje esforzarse en encontrar el mismo las palabras apropiadas.

Uno de los mejores modos de ayudar al niño a comprender palabras al mismo tiempo que enriquece su saber es sentarse con él en un ambiente tranquilo, por ejemplo en la cama, a mirar juntos un libro de estampas… El niño empieza por disfrutar oyendo a la madre o al padre hablarle de las estampas, y termina por animarse a decir palabras él mismo. Llegar a ser capaz, por ejemplo, de mirar la representación de una taza e imaginársela y pensar a cerca de ella, es ya para el niño un paso intelectual importante que va más allá de simplemente ver lo que está en frente de él. Estar en las rodillas de la madre o a su lado o al lado del padre al final de un día cansado reconforta al bebe y le hace asociar el acto de aprender con el placer compartido y con el sentimiento de seguridad.

Extractado de “Comprendiendo a tu hijo de 1 año”. Deborah Steiner de la Clínica Tavistock.

 

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