Gatear es muy importante para el desarrollo del bebé: ¿Qué pasa si camina sin haber gateado?

Por Armando Bastida

A partir de los seis meses el consejo hacia los padres es bastante claro: que ya no le pongan gimnasios de esos en que los juguetes cuelgan y que tenga las cosas a su alrededor, en el suelo, para estimular el que él mismo se gire y trate de llegar a lo que le interese. Esto se dice precisamente para que el bebé empiece a conocer el suelo y empiece a reptar y luego gatear.

Gatear, porque se ha visto que es muy importante para su desarrollo (ahora os explicamos por qué). Ahora bien, hay bebés que no gatean, que dan sus primeros pasos sin haberlo hecho. ¿Qué pasa con ellos? ¿Cómo les afecta?

Por qué es interesante que un bebé gatee

El promover que un bebé tenga la oportunidad de gatear es positivo porque el gateo es una etapa normal en el desarrollo que sirve para prepararse para etapas posteriores. Gateando:

  • Un bebé debe coordinar ambos hemisferios cerebrales, el que se encarga del lado derecho y el que se encarga del izquierdo.
  • Se desarrolla una mejor visión.
  • Se fortalece el eje de las caderas y el eje de los hombros, tonificando los músculos que luego le ayudarán a mantenerse erguido y caminar.
  • Se utiliza el sentido del tacto continuamente, tocando el suelo, las alfombras y todo lo que encuentra mientras lo hace.
  • Aprende a entender el mundo tridimensional que le rodea, conociendo las distancias, siendo consciente de la fuerza de la gravedad y mejorando la coordinación del gesto mano-boca.
  • Domina mejor el suelo y es más capaz de saber qué hacer cuando, al caminar, se cae: es más hábil poniendo las manos para evitar el golpe y es más hábil a la hora de levantarse.
  • Adquiere autonomía antes porque empieza a tomar sus primeras decisiones a la hora de separarse de sus padres, acercarse a ellos, explorar zonas que no conocía, etc.

¿Y si no gatea?

La gran pregunta. Gatear es positivo para el desarrollo de un bebé. ¿Qué pasa si no gatea? Pues que se pierde todas esas cosas que hemos comentado y que, en consecuencia, las tiene que ir aprendiendo más adelante. A bote pronto, la gran diferencia es a la hora de dominar el suelo a cuatro patas: qué hace un bebé cuando empieza a caminar y se cae. Como ya hemos explicado, el que controla mucho el suelo sabe qué hacer, mientras que el que camina sin haber gateado no tanto. Uno es capaz de desplazarse o levantarse y al otro le cuesta más. De hecho hay niños que se caen y ni se mueven. Solo lloran esperando a que alguien les ponga otra vez de pie.

Pero si es el caso de tu bebé no sufras: no gatear no es síntoma de que le pase algo. Es cierto que no es lo más habitual, pero eso no quiere decir que tenga algún problema neurológico.

Lo ideal es ponerle en el suelo y estar con él, y si puede ser, estar por él. Así compartes espacio y tiempo y no se siente abandonado en un medio en el que aún no sabe desenvolverse. Estando con él irá probando poco a poco sus movimientos y capacidades y, si tiene que gatear porque tiene interés, lo hará.

Por otro lado, hay bebés que no gatean porque sus padres les estimulan mucho más a estar de pie. Promueven esa postura, tanto en un andador como cogiéndole por las manitas, y lo que consiguen es que el bebé tenga todo el interés motriz en desplazarse de ese modo y ninguno en una manera de desplazarse en que fijan la atención en el suelo, más que en lo demás.

Vamos, que se les enseña a andar cuando no son capaces de hacerlo, y entonces no caminan porque son pequeños, y no gatean porque quieren caminar… y lo que acaba pasando es que el bebé permanece sentado y pide las manos de sus padres para que le ayuden a llegar a otros lugares, a lo que responden con sorna con aquello de “a ver si aprendes a caminar ya, que me tienes la espalda hecha polvo”, cuando probablemente la situación habría sido muy diferente si nadie hubiera enseñado al bebé a andar antes de tiempo. Por eso el consejo es el siguiente: si quieres que gatee, no lo pongas a andar.

Los niños y el lenguaje plástico visual en los primeros años

Seguramente, cuando un bebé de un año y medio hunde su mano en un trozo de masa con la que su mamá está haciendo empanadas, o cuando dibuja con el dedo sobre un vidrio empañado, nadie puede garantizar que será un artista.

Pero lo que sí podemos asegurar es que para llegar a ser algún día un escultor, un pintor o un dibujante habrá que comenzar garabateando, apilando cubos, amasando barro o pintando con los dedos.

Estos primeros pasos explorando materiales y descubriendo sus posibilidades, permiten al niño hacerse más seguro en su uso. Va adquiriendo habilidades, y mientras lo hace, descubre el sentido de cada una de sus acciones.

Al tomar contacto con un material, el niño lo explora y acciona sobre él sin preocuparse más que por conocerlo, por descubrirlo. Las formas van surgiendo y el pequeño disfruta de cada descubrimiento. Estas primeras exploraciones son imprescindibles para iniciarse en un camino que podrá desembocar en lo que en el futuro será un lenguaje de expresión y comunicación.

Para que este camino sea placentero, genuino y enriquecedor, es preciso que los adultos que lo acompañen, tengan en claro de qué se trata y cuál es el papel que deben asumir.

Uno de los problemas más frecuentes que surgen en este tránsito es la inclinación a interpretar las exploraciones de los niños desde lo psicológico. Esta mala costumbre no sólo obstaculiza el desarrollo espontáneo, sino que también preocupa sin motivo a los adultos.

Es bastante usual escuchar: “¡Siempre usa negro! ¿Tendrá un problema?” o “Dibuja y tacha ¿Qué quiere decirme con eso?”

Estos ejemplos se suman a tantos otros donde los adultos tratan de interpretar desde su propio punto de vista las exploraciones de los niños.

Aclararemos los dos ejemplos para continuar sin miedos ni falsas interpretaciones por el placentero camino de las formas y los colores.

Bastará mirar los dibujos de Miguel Ángel, Berni, Picasso, Caloi, Quino y otro dibujante. ¡Todos han usado tinta o lápiz negro!

Desde que se inventó el papel, el hombre ha dibujado sobre superficies claras y por lo tanto ha elegido hacerlo con tinta o lápiz oscuros, para provocar un alto contraste y lograr que su dibujo se vea claramente. Los niños muy pequeños toman un color al azar, o lo eligen porque les gusta, o tal vez porque lo tienen cerca. Al principio no tienen en cuenta sus efectos, pero a medida que se “entrenan en el oficio”, descubren que con negro se ve mejor, y muchos lo eligen por esa razón.

Más tarde intentan rellenar sus dibujos, pero como aún no tienen el control motriz necesario, parece que lo tachan. Esto no les preocupa, porque el interés está centrado especialmente en el placer motriz y sensorial. La necesidad de “producto final bello y terminado” no ha pasado por sus mentes.

Así, ese dibujo que puede parecer tachado, es la manifestación visible del placer motriz y visual que le provoca dejar en una superficie la huella de su acción.

Libres ya de falsas interpretaciones, los adultos podrán observar estas primeras experimentaciones desde otro lugar. Verán que, si bien todos los trazados se parecen, cada uno es diferente. Si se detienen a observarlos con mayor atención aún, descubrirán que encierran la belleza de ser expresiones únicas, irrepetibles y personales y su valor reside precisamente en que son las primeras huellas de las acciones de los niños.

 

Extracto del libro “Arte desde la cuna”